
Parecía que a él eso no le había pasado pero, si tuviera la oportunidad, ella podría hacerle perder el control; sabía que podía. Quería que él se sintiera tan indefenso como ella, quería verlo violento y excitado y temblando, que estuviera a su merced en lugar de estar ella a la suya, pero no tendría piedad con él, no más de la que él había tenido con ella.
Llegó al borde de la cama, la soltó y la tiró sobre el colchón. Para cuando ella dejó de botar, él ya se había quitado casi toda la ropa y ella aguantó la respiración mientras se quitaba el resto. Desnudo, parecía fuerte y musculado, casi delgado. Tenía poco pelo en el pecho y había estado desnudo bajo el sol porque estaba completamente moreno. Por alguna razón, el hecho de pensar en él desnudo y relajado, adormilado al sol, hizo que su estómago y sus nervios se echaran a temblar.
Se inclinó sobre ella y tiró de su blusa hacia arriba, quitándosela y dejándole sólo puestos los letales tacones. Su oscura mirada opalescente se clavó rápidamente en sus pechos, una mirada tan cargada de interés viril que sus pezones se irguieron como si se los hubiera lamido. Ella se sacudió, luchando contra una inexplicable necesidad de cerrar los brazos sobre sus pechos para protegerlos. En cierto modo se sentía más expuesta, más vulnerable, más desnuda, cuando él la miraba.
Extendiendo la mano, hizo un trazo suave alrededor de cada uno de sus pezones, a continuación puso una mano a cada lado de ella y se inclinó para lamerle los pechos por turnos, su boca tocándola tan suavemente que sentía más el calor que la presión.
Su aliento se entrecortó y su cuerpo se arqueó hacia arriba, buscando más que lo que él le estaba dando.
Con desesperación, buscó a tientas su erección, queriendo, necesitando hacerse con parte del poder, equilibrar las balanzas. Sus dedos se cerraron alrededor de su gruesa verga y una décima de segundo después su férrea mano sujetaba su muñeca, separando con firmeza su mano de él.
