
– No -dijo tan tranquilamente como si ella le hubiera ofrecido una tostada.
– Sí -insistió ella imprudentemente, buscándolo de nuevo-. Quiero tenerte en mi boca. -Según su experiencia, ningún hombre podía resistirse a esa oferta.
Pero la dura línea de sus labios se curvó, sonriendo levemente mientras agarraba su mano y la anclaba a la cama con su férreo agarre.
– ¿Quieres hacer que me corra? Tienes prisa por librarte de mí.
Drea alzó la mirada hacia él, con sus sentimientos enredados en un torbellino tal de lujuria e ira, unidos al omnipresente miedo, que la hacía temblar.
Le sujetó también la otra mano, asiéndola con firmeza mientras se ponía encima de ella y obtenía lo que quería.
Las horas siguientes eran una imagen borrosa de lujuria y sexo y fatiga, aunque algunos momentos eran claros como el cristal. Tras el tercer orgasmo intentó zafarse de él, exhausta y sobreestimulada e incapaz de aguantar más.
– Déjame en paz -dijo enfadada, pegándole en las manos mientras él la atraía de nuevo hacia él, y él se rió.
Se rió de verdad.
Ella se quedó mirando fijamente la curva de su boca, el fogonazo de sus dientes blancos, anticipando la manera en que los músculos de su estómago se contraerían y sus nalgas descenderían y ella regresaría rápidamente al oscuro pozo de ardiente deseo que había descubierto. Ningún otro hombre había prestado jamás tanta atención a sus necesidades antes que a sí mismo, ninguno había estado tanto rato sobre su cuerpo como él, con sus lentas caricias y sus calientes besos. Para ella, los orgasmos eran algo que fingía con los hombres y que se proporcionaba a sí misma cuando estaba sola, y eso había sido en parte elección propia porque no podía concentrarse en proporcionar el máximo placer al tipo si estaba distraída con sus propias reacciones.
Él había hecho con ella lo que ella habitualmente hacía, había asumido su rol, centrándose en ella y proporcionándole tanto placer que se sentía ligeramente borracha de satisfacción.
