En otro momento, tendida exhausta y medio desnuda, se dio cuenta de que no sabía su nombre. Ese desconocimiento le dolió en algún lugar profundo dentro de ella que no dejaba tocar a nadie. La forma en que él la había besado la envalentonó, dejó reposar su mano sobre el pecho de él mientras estaba tendido cómodamente a su lado. El ritmo de su corazón se aceleró y se hizo más fuerte bajo sus dedos y ella aplastó su mano sobre él como si pudiera conectarse a ese latido de vida.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó con una voz dulce y somnolienta.

Tras unos instantes de silencio, como si él estuviera sopesando las razones de la pregunta, dijo tranquila y desdeñosamente:

– No necesitas saberlo.

En silencio, ella retiró la mano de su pecho y se acurrucó en su sitio. Deseaba saltar a horcajadas sobre él y provocarlo, darle la lata, sacarle la información, pero una de las reglas que había desarrollado con los años era la de no dar la lata, la de ser siempre agradable, y esa forma de actuar, o de no actuar, estaba tan arraigada dentro de ella que no fue capaz de insistir.

Sin embargo, su falta de confianza le sentó mal. Se sentía como si se hubiera creado entre ellos algún extraño vínculo aunque era obvio que él no sentía lo mismo. Él era un asesino, simple y llanamente, y permanecía en la cima de su profesión a base de no confiar en nadie.

Poco después, levantó la cabeza para mirar el reloj, y Drea hizo lo mismo. Ya casi habían pasado cuatro horas.

– Ya -dijo con un tono más áspero y profundo mientras se ponía encima de ella, separando sus rodillas y colocándose sobre ella, dentro de ella.

Sus músculos se tensaron y un gemido sofocado retumbó en su garganta, en su pecho. Se estremeció, como si poder dejar a un lado su autocontrol fuera un placer tan intenso que rozase el dolor.



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