Ella se quedó sin respiración por la energía de su invasión. Estaba inflamada y bastante dolorida por todo lo que le había hecho y eso era lo que le faltaba.

– Todavía nos queda una hora -se oyó decir a sí misma y se avergonzó para sus adentros del leve tono de súplica de su voz.

Una expresión cínica endureció su mirada:

– Salinas no me concederá las cinco horas completas -respondió, empezando a empujar más intensa y profundamente.

Era como si se hubiese roto una presa y la energía que había estado contenida saliera de repente disparada. Todo lo que podía hacer era pegarse a él y tratar de capear el temporal, ser igual de generosa con su cuerpo como él lo había sido con el suyo -y sorprenderse, todavía una vez más, por una respuesta de la que jamás habría creído capaz a su cuerpo. Él se puso tenso y empezó a correrse, los gemidos salían de su garganta mientras arremetía contra ella con un potente ritmo. Ella cerró las piernas alrededor de él y se arqueó hacia arriba. Sus propios y primigenios sonidos de placer rasgaron el aire cuando su orgasmo siguió al de él.

Cuando sus cuerpos se tranquilizaron, él se desenredó con dificultad e inmediatamente se separó.

– ¿Puedo usar tu ducha? -preguntó mientras se dirigía hacia el baño.

Drea buscó su voz y susurró:

– Claro. -Un permiso inútil teniendo en cuenta que ya había cerrado la puerta tras él.

Permaneció entre las sábanas revueltas, sabiendo que debía levantarse pero incapaz de transformar el pensamiento en acción. Notaba el cuerpo pesado y sin fuerza, sus párpados estaban entornados por el cansancio. Pensamientos inconexos aparecían y desaparecían. Todo había cambiado, y todavía no sabía exactamente cómo. Desde luego, su tiempo al lado de Rafael se había terminado o estaba a punto de hacerlo, y necesitaba pensar en ello, en qué debía hacer. Sabía lo que quería y eso era algo tan nuevo, tan extraño para ella que apenas podía creérselo.



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