
Salió del baño en diez minutos, con el pelo húmedo y la piel oliendo a su jabón. Comenzó a vestirse en silencio, con una expresión tranquila y lejana, como si estuviera inmerso en sus pensamientos. Ella lo miraba bebiéndose cada centímetro, esperando que la mirara. Lo que habían compartido durante las últimas horas había sido tan intenso que apenas podía recordar cómo había sido su vida antes, un punto de inflexión tan claramente dibujado que era como si todo lo anterior estuviera en las sombras del blanco y negro y lo posterior en tecnicolor.
Ella esperaba, él todavía estaba en silencio. Esperaba, segura de que cuando acabara de vestirse la miraría y le diría… ¿qué? No sabía qué quería que le dijera, sólo sabía que aquel dolor estaba creciendo de nuevo en su pecho, un dolor que amenazaba con ahogarla. No podía continuar con Rafael. Quería más, quería ser más, quería… Dios, quería a este hombre, tan intensamente que no podía permitirse darse plena cuenta de la envergadura y la profundidad del sentimiento.
Él se volvió hacia la puerta sin decir nada y, presa del pánico, ella se irguió súbitamente, sujetando firmemente la sábana a su pecho. No se podía ir de la misma manera que Rafael, como si ella no significara nada, como si ella no fuera nada.
– Llévame contigo -le soltó, volviendo a sentir la humillante quemazón de las lágrimas.
Él se detuvo con la mano en la manilla de la puerta, mirando finalmente hacia ella, con las cejas juntas frunciendo ligeramente el ceño.
– ¿Por qué? -preguntó como con una remota perplejidad, como si no pudiera entender por qué a ella se le había ocurrido una idea tan descabellada-. Una vez es suficiente. -A continuación, se fue, y Drea se quedó en la cama, inmóvil. Se fue tan silenciosamente que ni siquiera oyó abrir ni cerrar la puerta del apartamento, aunque sentía su ausencia, sabía el momento exacto en el que se había ido.
