Su ordenador era su talón de Aquiles, pero no podía realizar las investigaciones previas a cada trabajo sin él, así que hacía lo que podía para reducir el riesgo limpiando el disco duro periódicamente. Después lo desinstalaba e instalaba uno nuevo. Como medida de precaución final, destruía físicamente el disco duro antiguo. Sus rutinas de seguridad le quitaban tiempo, pero simplemente formaban parte de su vida. No se preocupaba por ello, simplemente lo hacía.

Viajaba ligero de equipaje, y viajaba rápido. No tenía apego sentimental a nada, así que no había nada de lo que no pudiera separarse. En cuanto a las personas… eran muy parecidas a sus pertenencias: temporales. Había gente a la que tenía cariño, de manera distante, pero nadie que le provocase ningún tipo de emoción fuerte. Ni siquiera se enfadaba, porque le parecía una pérdida de tiempo. Si el asunto tenía poca importancia, se alejaba; si se trataba de algo que tenía que solucionar, lo hacía con tranquilidad y de forma eficiente, y no perdía el tiempo preocupándose por las cosas después.

Ser un asesino no era algo que le preocupara ni de lo que estuviera orgulloso; simplemente era lo que él era. El asesino era un hombre que se conocía a sí mismo y aceptaba ese conocimiento. No sentía lo que el resto de las personas sentían; las emociones, para él, eran suaves y distantes. Por eso nunca nada anulaba su cerebro. Era tremendamente inteligente y físicamente era fuerte y rápido, con la extraordinaria coordinación óculo-manual que todos los tiradores realmente magníficos poseían. Todo en él encajaba perfectamente con la profesión que había elegido.

Aunque no podía tener principios propiamente dichos -los principios parecían implicar algún tipo de guía moral- sí tenía reglas.



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