Cuando ella salió corriendo hacia el balcón él ya se estaba yendo, pero un extraño impulso le hizo ir hacia ella. Parecía lo suficientemente aterrorizada para saltar, y él no quería eso. Salir afuera había sido arriesgado -joder, los del FBI debían de tener a Salinas constantemente vigilado- pero al final mereció la pena. Había acariciado su brazo y había sentido la quemazón y el chisporroteo de una conexión eléctrica y pasados unos segundos ella había respondido; todavía estaba asustada, pero había sentido esa potente energía al igual que él.

Le gustaba tomarse su tiempo con el sexo, pero lo de hoy había sido algo fuera de lo normal. Una vez que Drea hubo dejado a un lado su pánico, se había vuelto lo suficientemente ardiente como para abrasarlo. Por la intensidad de su respuesta, él se había dado cuenta de lo sedienta que estaba de atenciones, de mostrarse como realmente era, lo mucho que necesitaba que la tocaran en lugar de ser ella la que tocase. Salinas debía de ser un amante pésimo, egoísta y vago para tener a una mujer tan hambrienta.

A pesar de lo agradable que había sido la tarde, el asesino no pensaba repetir. Como le había dicho a ella, una vez era suficiente. Ahora desaparecería hasta que Salinas volviera a ponerse de nuevo en contacto con él, y se centraría en darle la vuelta a la situación para sacar provecho de ella financieramente.

Cuarenta minutos después, un anciano con los hombros encorvados y con un andar ligeramente tambaleante salió por la entrada principal. Llevaba un bastón para apoyarse mientras se dirigía hacia la acera y esperaba a que el portero le parase un taxi.



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