¡Piensa! Tenía que pensar.

No era capaz. La rabia bullía dentro de ella como el alquitrán espeso, cubriendo su cerebro con una gélida negrura. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¡Estúpida, estúpida, estúpida! Estaba enfadada consigo misma. A esas alturas ya tendría que haber dejado de creer en esa mierda de cuentos de hadas de ser felices para siempre, pero pasaba unas horas con un tío cualquiera que sabía usar su polla y lo único que se le ocurría era pedirle que la llevara con él. No, no era simplemente «un tío cualquiera», era un hombre que mataba con la facilidad con que la gente se lavaba los dientes.

El ridículo oprimió su pecho hasta que se sintió al borde de la asfixia. ¿Qué se había creído? ¿Que porque él había ido poco a poco y se lo había tomado con calma asegurándose de que se corriese, se había enamorado de ella? Sí, claro. Su técnica era diferente, eso era todo. Como cualquier otro hombre con los que había estado, una vez que hubo conseguido lo que quería, perdió el interés.

La humillación la estaba devorando como un animal hambriento. ¿Por qué no había podido simplemente disfrutar del sexo y haber evitado involucrarse emocionalmente? En lugar de ello, había actuado como la niña ingenua y estúpida que había sido con quince años, cuando creía que un hombre le solucionaría la vida en lugar de joder más las cosas. Por lo menos la juventud había servido de excusa la primera vez que se había convertido en una estúpida por culpa de un hombre y había acabado sola y embarazada -y luego solamente sola-. Ahora no. Esta vez no.

Se enjuagó y salió de la ducha y, a pesar de que le provocaba una repugnancia casi nauseabunda, se obligó a sí misma a usar la toalla que el asesino había utilizado. Rafael se fijaba en los detalles, y demasiadas toallas podrían ser una prueba obvia.

Sentía las ráfagas del aire acondicionado gélidas en su piel desnuda y comenzó a temblar de nuevo mientras se secaba el cabello húmedo con la misma toalla, que ya estaba demasiado húmeda para servir de algo. Lanzando la toalla hacia un lado, cogió el grueso albornoz que estaba colgado de una percha y se lo puso, a continuación se dirigió hacia el tocador de mármol para coger su cepillo y peinarse.



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