
Mientras miraba fijamente el espejo, se dio cuenta de que tenía la cara húmeda y, con sorpresa ausente, se dio cuenta de que estaba llorando. Otra vez. Dos veces en un solo día debía de ser un récord para ella.
No lloraría por ello. Llorar no ayudaba una mierda. Aun así se secó las lágrimas de las mejillas.
Volvieron a brotar. Se quedó allí de pie, mirando a la mujer del espejo y los lentos surcos de lágrimas deslizándose por su cara y tuvo la desorientadora sensación de que estaba mirando a otra persona, a alguien que había desaparecido hacía mucho tiempo. Su cara estaba pálida, la expresión de sus ojos era dura. Sin maquillaje y con la larga melena retirada de la cara, ella era la mujer cuyo bebé había muerto y se había llevado todos sus sueños con él.
Drea huyó del baño, asfixiada de amargura. Tenía que secarse el pelo y maquillarse, ponerse lo más guapa y sexy posible, pero no se sentía capaz. Mirarse en el espejo el tiempo suficiente para hacerlo -no podía.
La inercia la llevó hacia la sala, donde sus fuerzas flaquearon y se detuvo, con la cabeza caída como un juguete de cuerda con un muelle roto. ¿Y ahora qué? ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer?
Estaba helada. Un frío mortal parecía atravesarla y enroscarse alrededor de ella, convirtiendo su temblor en escalofríos que hacían castañetear sus dientes. Aunque el suelo estaba enmoquetado, sus pies desnudos estaban helados y sin sangre, el esmalte de color magenta contrastaba con su piel sin color. Odiaba el color de aquel esmalte, odiaba cómo se había visto cuando él le había puesto los pies sobre sus hombros.
Un sonido primigenio y gutural brotó de su pecho mientras ella intentaba alejar el recuerdo, y se dirigió tambaleante hacia las puertas correderas y hacia el balcón, hacia la calidez que éste ofrecía.
