Apenas era capaz de sentir el tranquilizador calor de las baldosas de piedra bajo sus pies. Además del calor, el balcón también ofrecía recuerdos que no quería, que no podía soportar. Evitó mirar hacia la barandilla en la que había estado antes y en lugar de ello se hundió en el suelo embaldosado y apoyó la espalda contra la pared. El brillante sol había calentado también los ladrillos y el reconfortante calor empezó a penetrar en su piel. Dejando escapar un gemido de alivio, acercó las piernas hacia el pecho y se tapó con el albornoz, cubriéndose por completo, y se inclinó hacia adelante para apoyar la frente en las rodillas.

Los asfixiantes sollozos fluyeron libremente, nacidos de una desesperación tan profunda que no alcanzaba a entenderla, igual que su propia reacción. ¿Qué le sucedía? Nunca se dejaba llevar de esa manera; ella siempre estaba maniobrando, dirigiendo, buscando una oportunidad. Necesitaba reponerse, hacer un esfuerzo para seducir a Rafael.

¡No! La palabra brotó desde su subconsciente, retumbando en todo su cuerpo. La ferocidad de la instintiva reacción la sorprendió; ella nunca se permitía tener sentimientos tan intensos hacia nada. Entonces, llegó a una conclusión en su interior y sintió que se trataba de un hecho incuestionable. Ella y Rafael habían terminado, se había acabado. Él la había prestado como si no fuera nadie para él: como si no fuera nadie, punto.

Lo odiaba, lo odiaba incluso más que a sí misma. Se había subyugado a él por completo, se había mordido la lengua y había sonreído y le había seguido la corriente, no importaba lo que quisiera. ¿Y para qué? ¿Para que la tratase como si fuera una vulgar ramera? Tembló con una necesidad primitiva de hacerle daño, de ver su sangre, de maltratarlo físicamente y morderlo y arañarlo.

No podía hacerlo; lo sabía. Sus gorilas la matarían en el acto o se la llevarían a rastras para hacer lo que quisieran con ella. El hecho de admitir su propia impotencia en relación a él era, si cabía, más mortificante.



36 из 301