La parte cruelmente lógica de su cerebro le ordenaba que se tranquilizara y que simplemente se hiciera cargo de la situación. Pero ella no parecía ser capaz de acabar con todos esos turbulentos sentimientos. Eran como olas gigantes que se estrellaban contra sus muros protectores y estaba a punto de hundirse por tercera vez.

Rafael tenía que pagárselas. No sabía cómo, pero tenía que hacer que se las pagara. No podría vivir si dejaba que se fuera habiéndola hundido en la mierda de la manera que lo había hecho. No importaba hasta qué punto la maltratara la vida, ella siempre se las había arreglado para convencerse de que, por lo menos, no se había visto obligada a prostituirse. Se había considerado la amante de Rafael, no su puta, lo que probablemente era hilar demasiado fino, pero desde su punto de vista era un hilo fino jodidamente importante.

Esa ilusión ya no la reconfortaba. Para él, ella no era más que un bien con el que comerciar a cambio de un servicio, y el espejo en el que se reflejaba le devolvía sólo lo que él veía. Todo su cuerpo se estremecía por la intensidad de sus sollozos, su garganta estaba sometida a una presión tal que empezaba a asfixiarse, pero tenía el estómago vacío y los espasmos le producían sólo arcadas secas.

Finalmente lo oyó entrar, cerrando la puerta más ruidosamente de lo que solía hacerlo, como si quisiera poner de manifiesto su falta de remordimientos. Había preferido quedarse con los servicios del asesino antes que con ella y…

El amargo pensamiento tartamudeó hasta detenerse, y por un momento sintió que se le congelaba el cerebro en un repentino arrebato de lucidez. Había preferido quedarse con los servicios del asesino… Había alguien más a quien quería matar con la suficiente desesperación que se había tragado su orgullo y había regalado -prestado- a su amante a otro hombre. Tal vez eso significaba que la valoraba más de lo que sus actos parecían indicar; tal vez eso le proporcionaba una ventaja.



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