
Era como si su cerebro estuviera lleno de pegajosa melaza; antes de que hubiera tenido tiempo de adentrarse en sus pensamientos, Rafael atravesó las puertas correderas abiertas y llegó al balcón, deteniéndose al verla.
– ¿Por qué estás aquí fuera?
Su tono era tan trivial que una rabia densa y sulfúrea renació dentro de ella, y tuvo que apretar los puños bajo los pliegues del albornoz para evitar lanzarse sobre él y arañarle los ojos con las uñas. Inspiró profundamente, luchando por controlarse, luchando por pensar. Tenía que hacer algo, decir algo.
Levantó la cabeza y él se estremeció, abriendo los ojos con sorpresa. Drea tenía muy claro el aspecto que tenía, con los ojos hinchados y la cara hecha un desastre. Nunca antes había dejado que Rafael la viera sin estar menos que perfecta, pero esta vez no le importaba su aspecto.
En otra repentina ráfaga de lucidez, quizá más asombrosa que la primera, supo exactamente lo que iba a hacer, lo que tenía que decir. La envergadura del plan era tan asombrosa que si dudaba podría acobardarse. Rafael tenía que pagárselas, y ella sabía exactamente cómo lograría que lo hiciera.
Inspiró profundamente, estremeciéndose, y abrazándose.
– Lo siento -dijo, mientras las lágrimas surcaban de nuevo su rostro por el esfuerzo que le costaba pedirle disculpas a ese cabrón-. No sabía… No sabía que te habías can… cansado de mí.
Su voz se quebró y se cubrió el rostro con las manos, mientras sus hombros subían y bajaban a causa de los sollozos.
Oyó el roce de sus zapatos en las baldosas mientras se acercaba. Entonces hubo un momento de duda, como si él tampoco supiera qué hacer o como si lo supiera pero no quisiera hacerlo. Finalmente, puso la mano sobre su hombro:
– Drea… -empezó.
