
Ambos se quedaron mirando la pantalla del ordenador con frustración, aunque en ese momento en ella se veía exactamente lo que tenían: nada.
Capítulo 5
Rafael Salinas abrió sigilosamente la puerta de la habitación de Drea y se dirigió hacia su cama. Había estado en esa habitación muy pocas veces, aunque hacía que sus hombres la registraran a menudo para asegurarse de que no se traía nada entre manos. La decoración que ella había elegido era tan recargada y cursi que resultaba empalagosa, y normalmente a él no le gustaba que le recordaran que su amante tenía tan mal gusto. Esta noche, por algún motivo, el exceso no sólo no le molestó sino que, por alguna extraña razón, incluso le conmovió. Su cuarto era como el cuarto de una niña a la que su complaciente madre le hubiera permitido decorarlo como quisiera, casi inocente en su exuberancia.
Ella estaba dormida, tumbada de lado de espaldas a la puerta, enroscada en un hermético nudo en el borde de la cama. Parecía más pequeña de lo habitual, como si hubiera encogido. La luz del vestíbulo se reflejaba en la ligeramente exótica forma de sus pómulos, enredados en la pesada maraña de su cabello rizado. Había llorado hasta desfallecer, e incluso en la oscuridad él era capaz de intuir la hinchazón de sus ojos.
No era un hombre inseguro; eso era para tontos y cobardes que no sabían ni lo que estaban haciendo, ni tenían las agallas suficientes para hacer lo que querían. Aun así, por primera vez en muchos años -décadas- se sentía paralizado por la duda.
Una mezcla homogénea de pánico, ira y confusión se revolvía en su barriga. ¿Cómo podía haber sucedido? ¿Por qué, de entre tanta gente, se sentía así por Drea?
Se sentó en la silla que estaba al lado de la cama, mirándola contrariado. Llevaba dos años con él, más que ninguna otra mujer, pero sólo porque era apacible y poco exigente.
