
Si hubiera tenido que reflexionar sobre ello, sin embargo, habría llegado a la conclusión de que el sexo era la única razón por la que estaba con ella. No quería que ese cabrón la tuviera, eso estaba claro, porque ningún hombre con cojones compartía a su mujer, pero sus opciones eran limitadas, y todas ellas malas. Si hubiera dicho que no, que era lo que en realidad su orgullo y su ego deseaban, habría perdido los valiosísimos servicios del asesino -servicios que necesitaría urgentemente cuando llegara el momento oportuno-. También existía la posibilidad real de que el asesino se tomase de forma personal su negativa y, aunque Rafael no tenía miedo de nadie, era lo suficientemente listo para saber que había personas a las que no convenía tocarles los cojones, y el asesino era una de ellas.
Así que se había tragado su orgullo y su carácter y había cedido; y eso no le había gustado una mierda. Había estado dándole vueltas toda la tarde, imaginándose a su mujer desnuda con otro hombre, e incluso se había sorprendido a sí mismo preguntándose si la polla del asesino sería mayor que la suya. Él no tenía que preocuparse por mierdas como ésa, así que le molestó la ligera inquietud que la duda le había provocado. Él tenía el dinero y el poder, y eso era lo que les importaba a las mujeres como Drea.
Pero aunque había visto la sorpresa reflejada en sus ojos cuando había accedido a entregarla al asesino, no creía que en realidad le importase demasiado. Después de todo, el sexo era su moneda de cambio. No era para tanto, ¿no?
