
Parte de él estaba convencido de que la encontraría limándose las uñas o viendo aquel condenado canal de compras que tanto adoraba, tan tranquila como siempre. En lugar de ello, se la había encontrado acurrucada en el balcón, llorando desconsoladamente. Eso le hizo sentirse como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Su aspecto le había dejado de piedra: tenía el pelo mojado y peinado hacia atrás, no llevaba maquillaje, sus ojos estaban hinchados a causa del llanto. Su rostro estaba pálido y con rojeces, como si estuviera conmocionada, y la expresión de sus ojos…
Destrozada. Era la única palabra que se le ocurría para describirla. Parecía destrozada.
Al principio pensó que había sido maltratada físicamente, que el muy cabrón era de esos que se excitaban haciendo daño a las mujeres, y una vez más Rafael se quedó atónito por una reacción inesperada, esta vez la suya: estaba furioso por el hecho de que alguien pudiera hacer daño a algo suyo, así de simple, le habían hecho daño a la inocente Drea. No importaba lo que le costara, ahora o en el futuro. Haría que dieran caza al asesino y que lo mataran.
Pero eso no era lo que había ocurrido. Ella estaba destrozada porque eso demostraba que él, Rafael, no la quería, y le había hecho abandonar la esperanza de que pudiese llegar a quererla algún día. Hizo encajar las piezas mentalmente, sintiéndose como si le hubieran dado otro puñetazo en el estómago.
El último golpe fue el que lo remató, acabando con él. Drea lo amaba.
Rafael todavía no se hacía a la idea. El amor no formaba parte del trato. Pero ahí estaba, pensando en dejarlo porque ahora sabía que él no la amaba y no tenía ninguna esperanza de que llegara a hacerlo nunca. El asesino ni la había tocado. Por muy increíble que pareciera no tenía por qué haber mentido porque él lo había organizado, se lo esperaba. No tenía nada que ocultarle, nada que necesitara ser ocultado. La desconfianza formaba parte de su naturaleza, por eso había revisado el ático. Ninguna de las camas parecía haber sido utilizada. Drea, recién salida de la ducha, el baño todavía húmedo, la ropa que había tenido puesta tirada en el suelo como siempre y una toalla usada hecha un gurruño. Tuvo que asumir que decía la verdad.
