
Se sentía traicionado porque ella no era como él se había esperado, como lo que estaba acostumbrado a tener. Ella no estaba con él por conveniencia, dinero y protección, o por cualquiera de las otras razones por las que las mujeres como ella normalmente enganchaban a un hombre. Estaba con él porque lo amaba. Se sentía confundido, y furioso, y -¡joder!- halagado. No quería sentirse halagado, quería que todo fuera exactamente como era antes. No debería preocuparle que ella lo amase, pero así era.
No debería preocuparle que se fuera; la podía sustituir fácilmente por otra. Las mujeres siempre acudían a él, nunca había tenido que salir a buscar una. Él lo sabía…, lo sabía y, sin embargo, sólo pensar en la posibilidad de perderla le hacía ponerse enfermo de pánico. ¡Él, Rafael Salinas, preocupándose por una mujer! Era como para reírse. Y sin embargo así era: él no quería perderla. No quería otra mujer. Quería a Drea. Quería comprarle ropa y zapatos y darle dinero para que se comprase todos los caprichos estúpidos que quisiera y, sobre todo, quería que ella lo amase. Eso era lo más ridículo del asunto, que él estaba dispuesto a todo si ella lo amaba, si alguien lo amaba.
Lentamente, sentado en la penumbra, empezó a pensar que tal vez se había enamorado de ella. No era posible, pero ¿cómo si no podía explicar ese sentimiento de pánico, esa confusión, ese dolor? No había querido a nadie o a nada desde que era un niño, cuando vivía en los peores barrios de Los Ángeles, donde había aprendido que tener aprecio a alguien solamente servía para dar a tus enemigos un arma para usar en tu contra. Tenía que dejar de pensar así, cambiar de idea ya.
