
Pero ese sentimiento que hacía latir aceleradamente su corazón y saltar su estómago era embriagador y, por primera vez en su vida, entendió por qué la gente hacía estupideces cuando estaba enamorada. Esa extraña mezcla de euforia y terror actuaba sobre él como una misteriosa droga, tan instantáneamente adictiva que ya necesitaba más.
Drea se movió, atrayendo su atención hacia la cama. Un suave dolor se instaló en su pecho mientras la observaba girarse y elevar de nuevo las piernas formando una hermética curva, como si incluso mientras dormía intentara protegerse, hacerse pequeña e insignificante. Ella lo necesitaba, pensó, lo necesitaba para hacer de intermediario entre ella y el mundo para que se sintiera a salvo. Alguien como ella, ingenua, dulce y crédula, sería una presa fácil si estuviera sola.
O no estaba profundamente dormida, o la intensidad de su mirada la despertó. Abrió los ojos y, durante un momento, pareció no verlo sentado entre las sombras. Miró hacia la puerta abierta, parpadeó un par de veces y luego se frotó los ojos. Cuando lo vio, pronunció una exclamación en voz baja que todavía sonaba exhausta y ronca por culpa del llanto.
Rafael tuvo el impulso de hacer algo que hasta entonces nunca había hecho por nadie: quería consolarla. Quería quitarse la ropa y deslizarse con ella bajo las sábanas, abrazarla y susurrarle palabras tranquilizadoras -algo que hiciera desaparecer esa expresión vacía y destrozada de su mirada-. Lo único que lo detuvo fue la inseguridad de que lo rechazase, algo que hasta ahora nunca le había ocurrido. Su orgullo y su ego ya habían encajado hoy un duro golpe y no quería arriesgarse a ser rechazado. Mañana todavía habría tiempo de tentar un poco a la suerte.
– Sólo te estaba velando -dijo en voz baja intentando que sonara como algo natural, como si fuese algo que hiciera habitualmente.
– Estoy bien.
Pero no parecía que estuviera bien. Parecía como si no tuviera espíritu, como si nunca más fuera a volver a sonreír.
