Sentía una sensación de opresión en el pecho que le hacía difícil hablar. Se humedeció los labios y tragó saliva nerviosamente. Él le había hecho eso; la había herido tan profundamente que había destruido la alegría casi infantil que tenía antes. Tenía que ayudarla a reponerse, pensó intensamente. De alguna manera tenía que convencerla para que se quedara. No importaba los medios que tuviera que utilizar, siempre y cuando funcionaran.

Esa misma mañana, hace menos de doce horas, había estado preguntándole si quería algo, sirviéndolo, pululando a su alrededor para asegurarse de que todo estaba exactamente como él quería. Ahora simplemente estaba allí tendida, sin hacer ningún esfuerzo ni siquiera para mantener una conversación, y parecía que los separaba un abismo de miles de kilómetros. Si simplemente se hubiera puesto furiosa como hacían otras mujeres, pensó con frustración, él podría ponerse también furioso y no tendría ese sentimiento de impotencia. Pero Drea nunca perdía los estribos; él ni siquiera sabía si los tenía.

Una vez le había dicho bromeando a alguien que ella era tan profunda como una placa de Petri, y ahora deseaba que eso fuese así.

Se había reído de ella, ignorándola ante todo el mundo y no se había dado cuenta ni había notado que todo este tiempo ella había estado dedicándose a él en cuerpo y alma. Si amar a alguien era una putada, ser amado era infinitamente peor, imponiendo una sutil carga de preocupación sobre él. Hacía doce horas él era libre. Ahora estaba atrapado por sus sentimientos, encadenado de una forma tan eficaz como si los sentimientos estuvieran hechos de acero.

– ¿Necesitas algo? -preguntó levantándose. No podía seguir sentado junto a su cama como un imbécil.

Ella dudó unos segundos antes de responder, segundos en los que su corazón brincó esperanzado, hasta que ella dijo:

– Sólo dormir un poco. -Y se dio cuenta de que la pausa que había hecho se debía al cansancio más que a la indecisión.



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