
Sintió cómo él se acercaba, cómo se detenía detrás de ella cuando ya estaba cerca. No lo había oído, no se escuchaba otro sonido que el susurro de la respiración y el apenas perceptible ruido de la ciudad allá abajo; sin embargo sabía que él estaba ahí. Todos y cada uno de los nervios de su piel se pusieron en tensión, diciéndole que la muerte estaba a punto de llegar y tocarla.
Él posó su mano en la desnuda curva de su hombro.
El pánico le estalló en el cráneo, fuegos artificiales mentales que impedían el pensamiento y la acción. No reaccionó; no podía. Se quedó allí de pie, temblando violentamente, porque no era capaz de hacer nada más, ni nada menos.
Lentamente, como si saboreara la textura de su piel, recorrió todo su brazo. Su mano era fuerte y cálida, las yemas de sus dedos y la palma de sus manos estaban ásperas por las callosidades, pero su tacto era suave, incluso… ¿dulce? Ella esperaba brutalidad, estaba preparada para ello, estaba tan centrada en la simple supervivencia que no podía asimilar la realidad de la caricia. Sus sentidos se tambalearon como si él la hubiera golpeado.
Su mano, deslizándose, alcanzó sus dedos, que todavía estaban fuertemente agarrados alrededor de la barandilla, y los rozó ligeramente antes de cambiar de dirección y continuar acariciando su brazo hacia arriba tan lentamente como había bajado. Cuando llegó al hombro no se detuvo, sino que continuó hacia su cuello, separando la mata de cabello rizado hacia a un lado y deslizando sus dedos por su garganta, por la curva de su mandíbula, siguiendo las esbeltas líneas de sus músculos y tendones y provocándole escalofríos que recorrían todo su cuerpo.
