
de los Jardineros de Dios
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Toby. Día de las PodocarpáceasAño 25
Rompe el alba. Se rompe el día. Toby juega con la palabra: rompo, rompes, rompe, rompemos, rompéis, rompen. ¿Qué se rompe en el día? ¿La noche? ¿Se rompe el sol, partido en dos por el horizonte como si fuera un coco, derramando luz?
Toby levanta los prismáticos. Los árboles parecen tan inocentes como siempre; pese a ello, tiene la sensación de que alguien la está vigilando: como si hasta la piedra o el tocón más inerte pudieran sentirla y no le desearan nada bueno.
El aislamiento produce esos efectos. Se había preparado para resistirlos durante las vigilias y retiros espirituales de los Jardineros de Dios. El triángulo flotante naranja, los grillos cantarines, las columnas retorcidas de vegetación, las pupilas en las hojas. Aun así, ¿cómo distinguir estas ilusiones de la realidad?
Ahora el sol está en su cénit: más pequeño, más ardiente. Toby baja del tejado, se pone el mono rosa, se rocía SuperD para repeler los insectos y se ajusta su sombrero rosa. Luego abre la puerta de la calle y sale a ocuparse del jardín. Allí era donde cultivaban las lechugas de agricultura ecológica para las damas del Spa Café; las verduras para las guarniciones, las hortalizas transgénicas de formas exóticas, las distintas variedades de té. Hay una cubierta de malla para burlar a las aves y una valla de alambre de espino para impedir que entren desde el parque conejos verdes, linces rojos y mofaches. Antes del Diluvio no abundaban, pero es asombroso lo deprisa que se están multiplicando.
Toby confía en el huerto: los víveres están disminuyendo en el almacén. A lo largo de los años ha ido acumulando lo que pensaba que bastaría para una emergencia como ésta, pero se quedó corta en sus cálculos y ahora se le están acabando los bocaditos de soja y las sojadinas. Por fortuna, todo marcha a la perfección en el huerto: ya hay vainas de garbanzos; las frijolanas están en flor; las matas de polibayas, henchidas de pimpollos marrones de distintas formas y tamaños.
