
En cuanto a la escritura, los Adanes y las Evas decían que era peligrosa, porque gracias a ella nuestros enemigos podían identificarte y detenerte, y servirse de tus palabras para condenarte.
Sin embargo, ahora que el Diluvio Seco nos ha arrollado, cualquier cosa que escriba es lo bastante segura, porque lo más probable es que aquellos que habrían usado mis escritos contra mí estén muertos. Así que realmente nada me impide escribir lo que me venga en gana.
Lo que escribo es mi nombre, Ren, con lápiz de cejas en la pared de al lado del espejo. Lo escribo un montón de veces. Renrenren, como una canción. No debes olvidar quién eres si pasas mucho tiempo a solas. Eso me lo dijo Amanda.
No se ve nada por la ventana: es ladrillo de vidrio. Tampoco puedo salir, porque la puerta está cerrada por fuera. Aún dispongo de aire y agua, siempre que el solar aguante. Todavía me queda comida.
Tengo suerte. Tengo muchísima suerte. Considérate afortunada, me decía Amanda. Es lo que hago. Primero, tuve suerte de estar trabajando aquí en el Scales cuando se produjo el Diluvio. Segundo, tuve aún más suerte porque estaba encerrada en el Cuarto Pringoso, y eso me mantuvo a salvo. Se me rasgó el guante corporal de biofilm -un cliente se dejó llevar y me mordió en las lentejuelas verdes- y estaba esperando los resultados de mi test. No fue un desgarro con secreciones ni afectación de membrana, sino un desgarro seco, cerca del codo, por eso no me preocupé. Aun así, en el Scales lo revisaban todo. Tenían una reputación que mantener: se nos conocía como las chicas guarras más limpias de la ciudad.
