
En el Scales and Tails te cuidaban, de verdad que lo hacían. Si tenías talento, vaya. Buena comida, un médico cuando lo necesitabas…, y las propinas eran generosas, porque aquí venían los hombres de las corporaciones más importantes. Estaba bien dirigido, aunque se hallaba en una zona sórdida, como todos los clubes. Era una cuestión de imagen, según Mordis: lo sórdido era bueno para el negocio, porque a no ser que contaras con una ventaja -algo morboso o escabroso, un tufillo turbio- ¿qué separaba nuestra marca del producto corriente que el hombre podía encontrar en casa, con la crema facial y las bragas blancas de algodón?
A Mordis le gustaba hablar claro. Llevaba en el negocio desde que era un muchacho, y cuando prohibieron los chulos y el comercio de calle -por una cuestión de salud pública y de seguridad de las mujeres, dijeron- para ponerlo todo en manos de SeksMart, bajo el control de Corpsegur, Mordis dio el salto gracias a su experiencia. «Se trata de a quién conoces y de lo que sabes de ellos», explicaba a menudo. Luego sonreía y te daba en el trasero, pero sólo una palmada de buen rollo, nunca se pasaba de la raya con nosotras. Tenía ética.
Era un tipo atlético, con el cráneo afeitado y ojos brillantes y alerta, negros como cabezas de hormiga, y de trato fácil siempre y cuando todo fuera bien. Pero sabía defendernos si los clientes se ponían violentos. «Nadie hace daño a mis mejores chicas», aseguraba. Para él se trataba de una cuestión de honor.
Tampoco le gustaba derrochar: decía que éramos un activo valioso. La flor y nata. Desde la intervención de SeksMart, las que quedaron fuera del sistema no sólo eran ilegales sino patéticas. Unas cuantas mujeres viejas y enfermas que vagaban por los callejones, casi mendigando. Ningún hombre al que le quedara un cachito de cerebro se les acercaría. «Residuos peligrosos», las llamábamos las chicas del Scales. No tendríamos que haber sido tan desdeñosas; deberíamos haber mostrado compasión. Claro que la compasión requiere trabajo, y nosotras éramos jóvenes.
