Al cubrir de vegetación estos tejados yermos estamos poniendo nuestro granito de arena para redimir la Divina Creación de la decadencia y la esterilidad que nos rodea por doquier, y para alimentarnos con comida sin contaminar. Algunos calificarían de fútiles nuestros esfuerzos; sin embargo, si todos siguieran nuestro ejemplo, ¡qué cambio conllevaría a nuestro querido planeta! Aún queda mucho trabajo arduo por delante, pero no temáis, amigos: porque avanzaremos pese a las dificultades.

Me alegro de que nadie haya olvidado su sombrero de jipijapa.

Ahora concentrémonos en nuestra plegaria anual del Día de la Creación.

Las Palabras Humanas de Dios hablan de la Creación de un modo que los antiguos podían entender. No se habla de galaxias ni de genes, porque esos términos los habrían confundido en gran medida. Ahora bien, ¿por ello hemos de tomar como verdad científica la historia de que el mundo se creó en seis días y considerar absurdos los datos observables? No se puede encorsetar a Dios en interpretaciones literales y materialistas ni juzgarlo según varas de medir humanas, porque Sus días son eones, y miles de edades de nuestro tiempo son como una tarde para Él. A diferencia de otras religiones, nunca hemos pensado que mentir a los niños respecto a la geología sirviera a un bien mayor.

Recordemos las primeras frases de aquellas Palabras Humanas de Dios: la tierra era caos y confusión, y entonces Dios hizo la luz. Éste es el momento que la ciencia denomina la Gran Explosión, como si de una orgía sexual se tratara. Sin embargo, ambos relatos coinciden en lo esencial: oscuridad, luego, en un instante, luz. Ahora bien, la Creación continúa, ¿o acaso no se forman nuevas estrellas a cada momento? Los días de Dios no son consecutivos, amigos; ocurren a la vez, el primero con el tercero, el cuarto con el sexto. Como nos enseñaron: «Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra.» Nos contaron que el quinto día de las actividades creadoras de Dios, las aguas se llenaron de criaturas y al sexto día la tierra seca quedó poblada de animales, y de plantas y de árboles; y a todos los bendijo Dios y les ordenó que se multiplicaran; y finalmente creó a Adán, es decir, la humanidad.



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