
¿Qué ocurre después? Dios lleva a los animales ante el hombre, «para que les ponga nombre». Ahora bien, ¿por qué Dios no sabía ya los nombres que iba a elegir Adán? La única respuesta posible es que Dios concede a Adán libre albedrío, y por lo tanto Adán puede actuar de formas que el propio Dios no puede predecir. ¡Piénsalo la próxima vez que te tiente comer carne o la riqueza material! ¡Ni siquiera Dios puede saber siempre lo que vas a hacer a continuación!
Dios hizo que los animales se reunieran hablándoles directamente, pero ¿qué lengua usó? No era hebreo, amigos. No era latín, ni griego, ni inglés, ni francés, ni español, ni árabe, ni chino. No: habló a los animales en sus propias lenguas. Al reno le habló en la lengua de los renos; a la araña, en la de las arañas; al elefante, en la de los elefantes; a la pulga, en la de las pulgas; al ciempiés, en la de los ciempiés; a la hormiga, en la de las hormigas. Así tuvo que ser.
Y en el caso de Adán, los nombres de los animales fueron las primeras palabras que pronunció: el momento inaugural del lenguaje humano. En ese instante cósmico, Adán afirma su alma humana. Nombrar es -eso esperamos- saludar; atraer a otro hacia uno mismo. Imaginemos a Adán enunciando los nombres de los animales con cariño y alegría, como diciendo: «Aquí tenéis, queridísimos. ¡Bienvenidos!» El primer acto de Adán hacia los animales fue pues de amabilidad cariñosa y parentesco, porque, en su estado anterior a la Caída, el Hombre aún no era carnívoro. Los animales lo sabían y no huyeron. Así tuvo que ocurrir en ese día irrepetible: una reunión pacífica en la cual el Hombre abrazó a todos los seres vivos de la Tierra.
