
Doy una vuelta alrededor del extremo oriental del islote, tomo el sendero y empiezo a dirigirme al pico central. La vista desde allí, por encima de isla Santiago y sobre el océano, es impresionante; y hoy la tengo para mí. Probablemente allí tomaré el almuerzo que me he traído. Puede que más tarde baje a la cala, me quite pantalones y camisa, y disfrute de un baño privado antes de dirigirme de nuevo al oeste.
¡Ten cuidado, niña! Estás a apenas veinte kilómetros por debajo del Ecuador. Este sol exige respeto. Me coloco bien el sombrero de ala ancha y bebo de la cantimplora.
Recupero el aliento, miro a mi alrededor. He ganado algo de altitud, que debo perder antes de llegar al final del sendero. No se ve ni la playa ni el campamento. En lugar de eso, veo un montón de rocas en la bahía Sullivan, agua azul, punta Martínez elevándose gris en la gran isla. ¿Es eso un halcón? Tomo los binoculares.
Un resplandor en el cielo. Reflejo de metal. ¿Un avión? No, no puede ser. Ha desaparecido.
Perpleja, bajo el instrumento. He oído muchas cosas sobre platillos volantes, ovnis, por darles el nombre respetable. Nunca me las he tomado en serio. Papá dio a sus hijos una buena dosis de escepticismo. Bien, es un ingeniero electrónico. Tío Steve, el arqueólogo, ha recorrido mucho más mundo y dice que está lleno de cosas que no comprendemos. Supongo que nunca sabré qué he visto. Sigamos.
De improviso, una ráfaga momentánea. El aire empuja. Una sombra cae sobre mí. Vuelvo la cabeza hacia arriba.
¡No puede ser!
Una motocicleta exagerada, sólo que diferente en todos los detalles, y no tiene ruedas, y cuelga del aire, a tres metros de altura, sin soporte, en silencio. Un hombre en el asiento delantero va asido a lo que puede ser el manillar. Le veo con toda claridad. Cada segundo dura una eternidad. El terror se apodera de mí, como no lo había hecho desde que tenía diecisiete años, cuando conducía por lo alto de un acantilado bajo una tormenta y el coche patinó.
