Salí de aquélla. Ésta no termina.

Mide como un metro setenta, es huesudo pero de hombros anchos, piel oscura, llena de marcas, nariz ganchuda, pelo negro que le cae encima de las orejas, barba negra y un bigote desfilado pero no desgreñado. Su atuendo es lo que resulta por completo incongruente sobre esa máquina. Botas blandas, desaliñadas calzas marrones que salen de pantalones cortos abombados, una camisa de manga larga que podría ser azafrán bajo toda la porquería… peto de acero, casco, capa roja, una espada envainada sobre la cadera izquierda.

Como si el sonido llegase desde un centenar de kilómetros dice:

—¿Sois la dama Wanda Tamberly?

De alguna forma eso me vuelve a llevar al borde del grito. Sea lo que sea lo que está pasando, no puedo soportarlo. La histeria nunca ha sido obligatoria. ¿Pesadilla, sueño febril? No lo creo. El sol me calienta demasiado la espalda, el mar brilla demasiado y puedo contar cada espina de ese cactus. ¿Broma, chiste, experimento psicológico? Más imposible que la cosa en sí… Su español es de la variante castellana, pero nunca antes había oído un acento parecido.

—¿Quién es usted? —me obligo a decir—. ¿Qué busca?

Tensa los labios. Malos dientes. Su tono es medio feroz y medio desesperado.

—¡Rápido! Debo encontrar a Wanda Tamberly. Su tío Esteban corre gran peligro.

—Soy yo —dice mi boca.

Él se ríe. El vehículo desciende hacia mí. ¡Corre!

Se detiene a mi lado, se inclina y me pasa el brazo derecho por la cintura. Esos músculos son de titanio. Me levanta. El curso de defensa personal que tomé… Mis dedos buscan sus ojos. Es demasiado rápido. Me aparta la mano de un golpe. Hace algo en los controles. De pronto, estamos en otra parte.

3 de junio de 1533 (calendario juliano)



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