
Y se sentó, pestañeando estúpidamente por el dolor. No gritaría. Al menos, comentó sarcásticamente el observador independiente oculto en su cerebro, no puedes echarle la culpa a la ortopedia; esta vez te las has arreglado para romperte las dos.
Sus piernas comenzaron a hincharse y a cambiar de color, moteadas de blanco y enrojecidas. Tiró él mismo de ellas hasta estirarlas y se inclinó un momento, ocultando el rostro entre las rodillas. Con la cara escondida, se permitió un único gesto callado de dolor. No maldijo. Los términos más viles que conocía parecían totalmente insuficientes para la ocasión.
El supervisor, advirtiendo el hecho de que no iba a levantarse, comenzó a dirigirse hacia él.
Miles se arrastró por la arena, fuera del recorrido de los siguientes aspirantes, y esperó pacientemente a Bothari.
Ahora tenía todo el tiempo del mundo.
Miles decidió que, definitivamente, las nuevas muletas antigravitatorias no le gustaban, aun cuando no fueran visibles debajo de la ropa. Le daban a su andar una resbalosa inseguridad que le hacía sentirse de plástico. Hubiera preferido un buen bastón antiguo o, mejor aún, una espada como la del capitán Koudelka, que uno podía clavar en el suelo a cada paso con satisfacción como si estuviese atravesando a algún enemigo adecuado; Kostolitz, por ejemplo. Hizo una pausa para equilibrarse antes de encaminarse a la Casa Vorkosigan.
Bajo la luz matinal del otoño, partículas diminutas centelleaban cálidamente en el granito gastado, a pesar de la niebla industrial que pendía sobre la capital de Vorbarr Sultana. Un lejano estrépito, calle abajo, indicaba el lugar donde una mansión similar estaba siendo demolida para dar paso a un edificio moderno. Miles observó la gran mansión frente a él, del otro lado de la calle; una figura se movió contra la línea de la azotea. Las almenas habían cambiado, pero los soldados vigías aún acechaban entre ellas.
