
– ¿Y en qué consiste, exactamente, su problema?
– Effendi Yashim. Le llaman a usted lala, ¿no es verdad? Yashim lala, el guardián.
Yashim inclinó la cabeza. Lala era algo honorífico, un título de respeto dado a algunos eunucos de confianza que atendían a familias ricas y poderosas, cuidaban de sus mujeres, vigilaban a sus hijos, supervisaban el hogar. Un lala corriente era algo entre un mayordomo y un ama de llaves, una niñera y un jefe de seguridad: un guardián. Yashim creía que el título le cuadraba.
– Pero, por lo que yo puedo saber -dijo el serasquier lentamente-, carece usted de ningún lazo permanente. Sí, tiene usted vínculos con el palacio. Igualmente con las calles. De manera que esta noche le invito a que se considere usted ligado a nuestra familia, la familia de la Nueva Guardia. Durante diez días, a lo sumo.
El serasquier tosió. Yashim abrió los ojos y preguntó:
– ¿La familia, quiere decir, de la que es usted el jefe?
– Es una manera de hablar. Pero no voy a dármelas de padre de esta familia. Me gustaría considerarme más bien como una especie de, de…
El serasquier parecía incómodo: daba la impresión de que la palabra no le acudía a la mente. La repugnancia hacia los eunucos, sabía Yashim, era algo tan innato entre los otomanos como su recelo hacia las mesas y las sillas.
– Piense en mí como… un hermano mayor. Le protejo. Confíe en mí. -Hizo una pausa y se secó la frente-. ¿Tiene, em, familia, tal vez?
Yashim ya estaba acostumbrado a esto: incomodidad, atemperada por la curiosidad. Hizo un movimiento con la mano, ambiguo. Que siguiera preguntándoselo. No era asunto suyo.
– La Nueva Guardia debe ganarse la confianza de la gente, y también la del sultán -prosiguió el serasquier-. Ése es el propósito de la revista. Pero ha ocurrido algo que puede estropear las cosas.
Le tocó ahora a Yashim sentir curiosidad, y notó como una especie de escalofrío en la nuca.
