
– Esta mañana -explicó el serasquier-, fui informado de que cuatro de nuestros oficiales habían faltado a la instrucción matutina. -Se detuvo y frunció el ceño-. Debe usted comprender que la Nueva Guardia no es como cualquier otro ejército que el imperio haya conocido. Disciplina. Trabajo duro, paga justa y obediencia a un oficial superior. Nosotros comparecemos siempre en la instrucción. Sé lo que estará usted pensando, pero estos oficiales eran jóvenes caballeros particularmente excelentes. Diría que eran la flor y nata de nuestro cuerpo, al tiempo que nuestros mejores oficiales artilleros. Hablaban francés -añadió, como si eso lo resumiera todo. Quizás fuera así.
– ¿De modo que habían asistido a la universidad de ingeniería?
– Cursaron con las notas máximas. Eran los mejores.
– ¿Eran?
– Por favor, un momento. -El serasquier levantó una mano hasta la frente-. Al principio, a pesar de todo, yo pensaba como usted. Supuse que habían tenido alguna aventura y que reaparecerían más tarde, muy avergonzados y compungidos. Yo, desde luego, estaba dispuesto a arrancarles la piel a tiras: el cuerpo entero se mira en estos jóvenes, ¿sabe? Ellos marcan, como dicen los franceses, la tónica.
– ¿Habla usted francés?
– Oh, sólo un poquito. El suficiente.
La mayor parte de los instructores extranjeros de la Nueva Guardia, sabía Yashim, eran franceses u hombres de otras nacionalidades -italianos, polacos- que habían sido arrastrados a los enormes ejércitos que Napoleón había reunido para realizar sus sueños de conquista universal. Diez, quince años antes, terminadas finalmente las guerras napoleónicas, algunos de los restos de la Grande Armée consiguieron llegar a Estambul para formar parte del séquito del sultán. Pero aprender francés era cosa de jóvenes, y el serasquier estaba frisando los cincuenta.
– Continúe.
– Cuatro hombres buenos desaparecieron de sus barracones anoche. Cuando no se presentaron esta mañana, le pregunté a uno de los banjee, los encargados de la limpieza, y descubrí que no habían dormido en sus literas.
