Otrora excelentes soldados del Imperio otomano, los jenízaros habían degenerado -o evolucionado, si queréis- hasta convertirse en una mafia armada, capaz de aterrorizar a los sultanes, que se pavoneaba por las calles de Estambul, causando disturbios, provocando incendios, robando y extorsionando con la mayor impunidad. Superados en armamento y preparación por los ejércitos occidentales, se habían aferrado tercamente a las tradiciones de sus antepasados, despreciando toda innovación, desdeñando a los soldados del enemigo y rechazando cualquier lección que el campo de batalla pudiera enseñar, por miedo a ver mermado su poder. Durante decenios habían chantajeado al imperio.

La Nueva Guardia finalmente les había ajustado las cuentas. Eso había ocurrido diez años atrás, la noche del 16 de junio de 1826, el Acontecimiento Propicio, como la gente se refería con prudencia a él. Aquí mismo, en Estambul, artilleros de la Nueva Guardia destrozaron a los jenízaros en sus cuarteles, poniendo un merecido final a cuatro siglos de terror y de triunfo.

– La revista será un éxito -gruñó el serasquier-. La gente verá la espina dorsal de este imperio, irrompible, inquebrantable. -Dio media vuelta, cortando el aire con el borde de su mano-. Fuego certero. Instrucción precisa. Obediencia. Nuestros enemigos, así como nuestros amigos, sacarán sus propias conclusiones. ¿Comprende usted?

Yashim se encogió ligeramente de hombros. El serasquier levantó la barbilla y soltó un resoplido por su nariz.

– Pero tenemos un problema -dijo.

Yashim continuaba mirándolo; había transcurrido mucho tiempo desde que fuera despertado a altas horas de la noche y convocado a palacio. O a los cuarteles. Miró por la ventana: aún estaba oscuro; el cielo, frío y nublado. Todo empieza en la oscuridad. Bien, su trabajo era arrojar luz.



9 из 321