
– ¿Y siguen desaparecidos?
– No. No, exactamente.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Uno de ellos fue encontrado esta noche. Hará unas cuatro horas.
– Eso es bueno.
– Fue hallado muerto en una olla de hierro.
– ¿Una olla de hierro?
– Sí, sí. Un caldero.
Yashim parpadeó.
– ¿Debo entender -dijo lentamente- que el soldado estaba siendo guisado?
Los ojos del serasquier estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.
– ¿Guisado? -repitió débilmente. Aquello era un refinamiento que él no había considerado-. Pienso que debería usted venir a echar una ojeada.
Capítulo 4
Dos horas más tarde, Yashim había visto todo lo que deseaba ver por una mañana. Por muchas mañanas.
Tras llamar a un portador de linterna, el serasquier lo había acompañado hacia el este a través de las vacías calles, siguiendo la columna vertebral de la ciudad, en dirección a los establos imperiales. Ante la mezquita de Bayaceto, las antorchas parpadeaban en la oscuridad; pasaron por delante de la Columna Quemada, junto a la entrada del Gran Bazar, ahora cerrado e inmóvil, reteniendo la respiración mientras guardaba sus tesoros durante la noche. Más adelante, al lado de la mezquita de Sehzade, encima del acueducto romano, tropezaron con el vigilante nocturno, que los dejó pasar cuando vio de quiénes se trataba. Finalmente llegaron a los establos. Los establos, como la propia Guardia, eran nuevos. Habían sido levantados justo bajo la loma, en el lado sur, en una zona que estaba vacía desde la eliminación de los jenízaros diez años antes, cuando sus enormes y laberínticos barracones habían sucumbido al bombardeo y consiguiente incendio.
Hallaron el caldero, tal como el serasquier había descrito. Se alzaba en un rincón de uno de los nuevos establos, rodeado de la paja para el descanso de los animales e iluminado por grandes lámparas de aceite globulares suspendidas con pesadas cadenas de una viga muy por encima de sus cabezas. Los caballos, le explicó el serasquier a Yashim, habían sido llevados a otro lugar.
