
– Fue la agitación de los caballos lo que sacó todo el asunto a la luz -añadió-. No les gusta el olor a muerto.
Yashim no había entendido, cuando el serasquier se lo describió, que el caldero fuera tan grande. Tenía tres cortas patas y dos anillos de metal a los costados para que sirvieran de asas. Aun así, Yashim apenas podía ver por encima del borde. El serasquier le trajo un taburete de los que se usaban para subir al caballo y Yashim se encaramó a él para mirar al interior de la inmensa olla.
El soldado muerto seguía con su uniforme. Se encontraba en posición fetal, en el fondo del caldero, cubriendo toda la base; sus brazos, atados por las muñecas, estaban alzados, tapándole el rostro e imposibilitando la visión de éste. Yashim bajó del taburete y se limpió las manos, aunque el borde del recipiente estaba perfectamente limpio.
– ¿Sabe usted quién es?
El serasquier asintió con la cabeza.
– Osmán Berek. Cogí su bolsa. Vea…
Vaciló.
– ¿Bien?
– Lamento decirlo, pero el cuerpo no tiene rostro.
Yashim sintió un escalofrío de aversión.
– ¿No tiene rostro?
– Yo… me metí dentro. Le di la vuelta sólo un poquito. Pensé que lo reconocería, pero… eso es todo. Su cara ha sido acuchillada, cortada. Desde debajo de la barbilla hasta por encima de las cejas. Lo hicieron, pienso, de un solo golpe.
Yashim se preguntó cuánta fuerza era necesaria para separar la cara de un hombre de su cuerpo de un golpe. Se dio la vuelta.
– ¿El caldero está siempre aquí? Parece un lugar extraño para un caldero.
– No, no. El caldero ha aparecido con el cuerpo.
Yashim se quedó mirando fijamente.
