
Yashim dio un golpecito al caldero con la uña del dedo, lo cual produjo un débil sonido. Volvió a golpear.
El serasquier y él se miraron mutuamente.
– Es muy ligero -observó Yashim.
Se quedaron en silencio por un momento.
– ¿Qué piensa usted?
– Pienso -dijo el serasquier- que no tenemos mucho tiempo. Hoy es jueves.
– ¿La revista?
– Dentro de diez días. Tenemos diez días para averiguar lo que les está ocurriendo a mis hombres.
Capítulo 5
Había sido una mañana difícil. Yashim fue a los baños, lo enjabonaron y machacaron su cuerpo y yació durante largo rato en la cálida estancia antes de volver a casa con frescas ropas recién lavadas. Finalmente, tras haber estudiado mentalmente la cuestión de todas las formas que fue capaz de imaginar, en un esfuerzo por encontrar una pista, retornó a lo que siempre había considerado lo mejor.
¿Cómo encuentras a tres hombres en una ciudad decadente, medieval y envuelta en la niebla, de dos millones de personas?
Ni siquiera lo intentas.
Simplemente, cocinas.
Poniéndose de pie se dirigió lentamente al otro lado de la habitación, en donde reinaba la oscuridad. Rascó un fósforo y encendió la lámpara. Ajustó la mecha hasta que la luz ardió de forma firme y brillante, iluminando la aseada disposición de la cocina, una mesa alta y una fila de cuchillos de afilado aspecto, suspendidos en medio del aire por un soporte de madera.
Había un cesto en un rincón, y de él Yashim sacó varias cebollas pequeñas y duras. Las peló y las cortó, primero en un sentido y luego en el otro, mientras ponía un cazo al fuego y echaba en él suficiente aceite de oliva para dorarlas. Cuando éstas empezaron a cambiar de color, echó en el cazo unos puñados de arroz, que sacó de un cacharro de barro.
