
Mucho tiempo atrás había descubierto lo que significaba cocinar. Fue aproximadamente por la misma época en que empezó a sentir repugnancia hacia sus esfuerzos por conseguir una gratificación sensual más grosera, y se resignó a unos placeres más elegantes. No es que, hasta entonces, él hubiera considerado el cocinar como una tarea de mujeres, los cocineros en el imperio podían ser de ambos sexos. Pero había pensado en ello, quizás, como una ocupación para los pobres.
El arroz quedó bien repartido, de manera que echó un puñado de pasas y otro de piñones, un terrón de azúcar y un grueso pellizco de sal. Sacó un tarro de la estantería y se sirvió una cucharada de cremosa salsa de tomate que mezcló en una taza de té llena de agua. Vertió la taza de agua en el arroz, produciendo un siseo y levantando una nube de vapor. Añadió un pellizco de menta seca y molió un poco de pimienta. Removió el arroz, luego lo tapó y dejó el cazo en la parte trasera de la cocina.
Había comprado los mejillones ya limpios, aquellos grandes mejillones de ocho centímetros que crecían en Therapia, un poco por encima del Bósforo. Metió una hoja de cuchillo entre las valvas y los abrió, para después ponerlos en un cuenco con agua. El arroz estaba medio cocido. Cortó pepinillos, muy finos, los añadió a la mezcla y lo volcó todo en un plato para enfriarlo. Escurrió los mejillones y los rellenó utilizando una cuchara. Cerró las valvas antes de colocarlos en una sartén. Agregó un poco de agua caliente de la tetera, puso una tapa y colocó la sartén al fuego.
Cogió un pollo, lo partió a cuartos, machacó unas nueces con la hoja plana del cuchillo y preparó acem yahnisi, con zumo de granada.
Cuando hubo hecho eso, tomó un jarro de cuello de cisne lleno de agua y muy cuidadosamente se lavó primero las manos, luego la boca, el cuello y finalmente sus partes íntimas.
