Cogió su estera y rezó. Cuando hubo terminado enrolló la estera otra vez y la depositó en una hornacina.

Pronto, le constaba, recibiría una visita.

Capítulo 6

Stanislaw Palieski andaría por los cincuenta y cinco años, y exhibía un círculo de apretados rizos grises alrededor de su calva, así como un par de llorosos ojos azules cuya expresión de suplicante tristeza se contradecía con la fuerza de su mentón, el tamaño de su romana nariz y la firme determinación de su boca, que en este momento estaba comprimida en una estrecha raja por la lluvia y el viento que retornaban con fuerza de la costa de Mármara.

Paseaba, como hacía todos los jueves por la noche, a lo largo de la calle que iba de la Nueva Mezquita hasta el Cuerno de Oro, constituyendo una llamativa figura con su chistera y levita. Tanto una como otra habían visto mejores tiempos; antaño negra, la levita se había transmutado por el uso y los húmedos aires de Estambul en algo que se asemejaba más al verdemar; el lustre del terciopelo del sombrero de copa se había gastado en muchos lugares, particularmente alrededor de la copa y en el borde. Como se acercaban un par de damas envueltas en su chador, acompañadas de su escolta, se bajó cortésmente a la calzada y se tocó de forma automática el borde de su sombrero a guisa de saludo. Las damas no hicieron señal alguna de reconocer su saludo, pero se balancearon un poco, y Palieski pudo oír un murmullo apagado y una risita. Sonrió para sus adentros y se subió nuevamente a la acera para reanudar su camino.

Entonces algo tintineó en su bolsa, y se detuvo para comprobarlo. Nada prohibía explícitamente al representante diplomático acreditado de una potencia extranjera pasear por la ciudad transportando dos botellas de vodka de hierba de bisonte de 52°, pero Palieski no tenía ganas de ponerlo a prueba. Por una parte, no estaba seguro de que ningún edicto, nunca, en toda la tumultuosa historia de la ciudad, hubiera dictaminado que transportar licor era un delito merecedor de azotes.



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