Por otra parte, su inmunidad diplomática era a lo sumo una frágil especie de favor. No tenía cañoneras a su disposición que pudieran subir por el Bósforo y bombardear al sultán para crear en él un estado de ánimo más sumiso, si las cosas iban mal, como el almirante Duckworth había hecho para los ingleses en 1807. Tampoco tenía medios para ejercer presión a nivel de gobierno como habían hecho los rusos en 1712, cuando su embajador fue encarcelado en la vieja prisión de las Siete Torres. Cuarenta años antes, los gobernantes de Rusia, Prusia y Austria habían enviado sus ejércitos a Polonia para borrar el país del mapa. Palieski, la verdad, no disponía de gobierno alguno.

El embajador imperial polaco en la Sublime Puerta arregló los trapos húmedos que protegían sus botellas, tensó nuevamente los cordeles de su bolsa, y anduvo a través de una serpenteante serie de calles y callejones hasta llegar a una pequeña porte cochére situada en uno de los callejones traseros del barrio antiguo, cerca del Cuerno de Oro. La puerta era pequeña porque estaba hundida: sólo las tres quintas partes superiores aparecían por encima del nivel del fangoso suelo. Un grupito de niños pasó como un torbellino por el lado de Palieski, dando otra capa de brillo a la espalda de su vieja chaqueta. Una campanilla tintineante, sostenida entre los dedos, anunció la aproximación de un hombre en un diminuto carro tirado por un asno, que se abría camino con milagrosa precisión entre los estrechos intersticios de las cerradas calles medievales. Apresuradamente, Palieski llamó a la puerta. La abrió una vieja que llevaba una toca azul, y que silenciosamente se echó hacia atrás para permitirle la entrada. Palieski, inclinándose, dio un paso adentro justo en el momento en que el carro pasaba con un golpeteo de diminutos cascos y un grito del hombre que llevaba las riendas.

Fuera, la luz, la poca que había, se estaba debilitando; dentro, aparentemente nunca había llegado.



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