Palieski se preguntó por un momento si la luz del sol había llegado a penetrar en aquel lugar durante los últimos mil quinientos años. El hundido marco de la puerta, había sospechado el diplomático durante mucho tiempo, era un primitivo trabajo bizantino, y no tenía razón alguna para imaginar que la oscura barandilla de madera, a la que se estaba ahora aferrando cuando giraba, ciega pero decididamente, mientras subía, no fuera bizantina, como la piedra de la casa, como los alféizares de las ventanas y la tal vez romana bóveda sobre su cabeza.

En lo alto de la escalera hizo una pausa para recuperar el aliento y analizar la peculiar mezcla de fragancias que se filtraban por la iluminada rendija que había al pie de la puerta que se alzaba ante él.

Yashim el Eunuco y el embajador Palieski eran unos amigos inverosímiles, pero firmes.

– Nosotros somos dos mitades, que juntas forman un todo, tú y yo -había dicho una vez Palieski, después de beber más vodka del que le hubiera convenido de no ser por el hecho, que él sostenía firmemente, de que sólo la hierba amarga que éste contenía podía mantenerlo sano y salvo-. Yo soy un embajador sin país y tú… un hombre sin testículos.

Yashim había considerado esta observación, antes de indicar que Palieski podía, algún día, recuperar su país; pero el embajador polaco había hecho un gesto de rechazo, estallando en sollozos.

– Tan probable como que a ti te crezcan testículos, me temo. Nunca. Nunca. ¡Los muy cabrones!

No mucho rato después, se había quedado dormido, y Yashim tuvo que contratar a un mozo para que lo llevara de vuelta a casa sobre sus espaldas.

El empobrecido diplomático olisqueó el aire y adoptó una expresión de astuta amabilidad egoísta. El primero de los olores correspondía a cebolla; y también a pollo, eso podía asegurarlo. Reconoció el oscuro aroma de la canela, pero había algo más que encontraba difícil de identificar, acre y con olor a fruta. Volvió a oler, cerrando con fuerza los ojos.



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