
Se había preguntado si podía simplemente fingir que dormía. ¿Por qué no? Gobernante del mar Negro y del Blanco, gobernante de la Rumelia y la Mingrelia, señor de Anatolia y Jonia, Rumania y Macedonia, protector de las Ciudades Santas, esforzado jinete a través de los bendecidos reinos, sultán y padishah, tenía a veces que dormir, ¿no? Especialmente si pensaba recuperar alguna vez su soberanía sobre Grecia.
Pero sabía lo que pasaría si trataba de fingirlo. Lo había hecho antes defraudando todas las esperanzas y ambiciones de la adorable gözde, la muchacha seleccionada para compartir su lecho aquella noche. Eso significaría escuchar sus suspiros, seguidos de unos pequeños y tímidos arañazos contra sus muslos o su pecho, y finalmente lágrimas; todo el harén le lanzaría miradas de reproche durante un mes.
Pronto estaría allí la joven. Sería mejor tener un plan. Ponerse debajo era lo más seguro. Era bastante gordo, francamente, y no quería que nadie saliera herido. Si en vez de ello pudiera yacer en la cama con Fátima, que era tan mimosa como él, ¡y que le frotara los pies!
¡Los pies! En un acto reflejo, dobló las rodillas ligeramente bajo la colcha. La tradición ancestral estaba muy bien, pero el sultán Mahmut II no tenía ninguna intención de dejar que cualquier fragante muchacha circasiana levantara las sábanas y empezara a arrastrarse hacia él desde los pies de su cama.
Oyó un alboroto en el corredor, afuera. Un sentido del deber le hizo incorporarse apoyándose en un codo, recomponiendo sus rasgos en una especie de sonrisa de bienvenida. Pudo oír unos susurros. ¿Los nervios del último momento, quizás? ¿La esclava anonadada que de repente se mostraba resistente? Bien, no era probable. Había llegado hasta aquí: casi al momento para el que había sido entrenada, el acontecimiento por el que había dado toda su vida. Una riña por celos era lo más probable: ¡Esas perlas son mías!
