El serasquier, bien afeitado, a la nueva moda, con unos ojos castaños incrustados en un rostro del color del lino viejo, de uniforme, se apoyaba torpemente en una cadera, como si lo hubieran herido. Llevaba el pelo gris muy corto, se le apreciaba el cráneo y el rojo fez subrayaba la fuerza de sus mandíbulas. Yashim pensó que estaría pasable con un turbante, pero los usos franceses habían impuesto una casaca abotonada, pantalones azules adornados con un ribete rojo y un montón de galones y charreteras: un uniforme nuevo para las nuevas guerras. Con el mismo espíritu le habían instalado una sólida mesa de nogal y ocho sillas tapizadas en medio de la habitación, que estaba iluminada por unos candelabros de latón suspendidos del artesonado techo.

El serasquier se sentó, cruzando con evidente dificultad sus piernas cubiertas por unos pantalones.

– Quizás sería mejor que nos trasladásemos a la mesa -sugirió con irritación el serasquier.

– Como usted desee.

Pero el serasquier evidentemente prefería la indignidad de estar en el diván con sus pantalones a la desagradable situación de desprotección en la mesa central. Al igual que Yashim, consideraba que estar sentado en una silla con su espalda dando a la habitación era un tanto inquietante. El serasquier dio un largo suspiro y abrió y cerró varias veces sus gruesos dedos.

– Me dijeron que estaba usted en Crimea.

Yashim parpadeó.

– Encontré un barco. No había nada que me retuviera.

El serasquier levantó una ceja.

– ¿Fracasó usted allí, entonces?

Yashim se inclinó hacia delante.

– Fracasamos allí hace muchos años, effendi. Poco es lo que se puede hacer. Sostuvo la mirada del serasquier-. Y ese poco, lo hice. Trabajé deprisa. Luego volví.



6 из 321