
No había nada más que decir.
Los kanes tártaros de Crimea ya no cabalgaban como dueños de la estepa sureña, como hermanos pequeños del Estado otomano. Yashim se había sentido impresionado al ver a los cosacos cabalgando a través de los pueblos de Crimea, portando armas, mientras los desarmados y derrotados tártaros bebían, sentados a la puerta de sus chozas, contemplando con indiferencia a los cosacos, en tanto que sus mujeres trabajaban en los campos. El propio kan languidecía en el exilio, atormentado por los sueños del oro perdido. Había enviado a otros a recuperarlo, antes de oír hablar de Yashim… Yashim el guardián, el lala. Pese a los esfuerzos de Yashim, el oro del kan seguía siendo un sueño. Quizás no había ningún oro.
El serasquier lanzó un gruñido.
– Los tártaros fueron buenos luchadores -dijo-. En su época. Pero unos jinetes indisciplinados no tienen sitio en el campo de batalla moderno. Hoy necesitamos infantería disciplinada, con mosquetes y bayonetas. Artillería. ¿Vio usted rusos?
– Vi rusos, effendi. Cosacos.
– A ellos nos enfrentaremos. Ésta es la razón por la que necesitamos hombres como los de la Nueva Guardia.
El serasquier se puso de pie. Era un auténtico oso, de mucho más de metro ochenta de estatura. Continuó dando la espalda a Yashim, mirando las filas de libros, mientras Yashim observaba distraídamente los cortinajes por donde había entrado.
El sirviente que lo había acompañado había desaparecido. Según las normas de hospitalidad, el serasquier le debería haber ofrecido una pipa y un café. Yashim se planteó si esa descortesía no sería deliberada. Un gran hombre como el serasquier tenía ayudas de cámara para traerle refrescos, y una persona que se encargaba de su pipa y de seleccionarle el tabaco, de mantenerlo todo en orden y limpio, de acompañarlo siempre con la pipa envuelta en un trapo y una bolsa de tabaco en la camisa, y de asegurarse de que se encendía y se montaba bien. Los poderosos competían entre sí para agasajar a sus invitados con la mejor mezcla de tabaco y las pipas más elegantes, boquilla de ámbar, caña de cerezo de Persia. Un hombre como el serasquier no podía pensar en vivir sin un encargado de pipa más que un milord inglés sin los servicios de un mayordomo. Pero la habitación estaba vacía.
