
– Antes de que transcurran dos semanas a partir de hoy, el sultán va a pasar revista a las tropas. Marchas, ejercicios, despliegue de artillería. El sultán no será el único que observe, será… -Se detuvo, y su cabeza se irguió de golpe. Yashim se preguntó qué había estado a punto de decir. Que la revista sería el momento más importante de su carrera, quizás-. Somos un cuerpo joven, como usted sabe. La Nueva Guardia lleva sólo diez años de existencia. Al igual que un joven potro, nos sobresaltamos fácilmente. No hemos tenido, ah, todo el cuidado y el entrenamiento deseables.
– Y no siempre todos los éxitos que se prometieron.
Yashim vio que el serasquier se ponía rígido. Con su moderna chaqueta y pantalones al estilo europeo, la Nueva Guardia había sido puesta a prueba por una sucesión de instructores ferenghi: ejercicios, marchas, presentar armas. ¿Qué se podía decir? A pesar de todo, los egipcios -¡los egipcios!- les habían asestado humillantes derrotas en Palestina y Siria, y los rusos estaban más cerca de Estambul de lo que la memoria recordaba. Quizás sus victorias eran algo que casi cabía esperar pues eran unos enemigos formidables, con equipo actualizado y ejércitos modernos. Pero seguía estando la debacle de Grecia. Los griegos no eran más que unos campesinos con bombachos, conducidos por unos pendencieros charlatanes. Aun así, habían conseguido su independencia contra la Nueva Guardia.
Todo esto dejaba a la Nueva Guardia con un solo y sanguinario triunfo, logrado, no en el campo de batalla, sino más bien aquí, en las calles de Estambul. En una sola noche se habían finalmente liberado del imperio de sus rivales y predecesores, el peligrosamente arrogante Cuerpo de los jenízaros.
