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John Larsen, aún lozano y alegre a pesar de la hora, miró de hito en hito a Bey cuando lo vio entrar.

—Trasnochar no te sienta bien —dijo—. Pareces cansado. ¿De nuevo has dejado de usar tu programa de acondicionamiento?

Wolf se encogió de hombros y pestañeó involuntariamente.

—Se nota, ¿verdad? Nací un poco miope, sabes. Si no hago ejercicios regularmente, sufro fatiga ocular. Haré una sesión completa con los bioprogramas… mañana por la mañana.

Larsen enarcó las cejas con escepticismo. Bey era famoso por sus «mañanas». Afirmaba que había heredado la sutileza y la astucia de su madre persa, junto con la tenacidad y la minuciosidad de su padre alemán. Pero su ascendencia persa también parecía haberle legado un don para la postergación. Bey juraba que en persa no había ninguna palabra que significara «mañana», sólo muchas palabras emparentadas, aunque ninguna con ese sentido de urgencia. Su tendencia a demorar las cosas no afectaba a su trabajo, en el cual era muy eficaz. Bey —de pelo oscuro y tez morena, altura y corpulencia medias— tenía una inquietante habilidad para pasar inadvertido en cualquier muchedumbre, un talento útil para un agente de investigación de la Oficina de Control de Formas.

Larsen cogió una hoja mecanografiada del escritorio y se la dio a Wolf.

—Aquí tienes. La declaración firmada y jurada de Luis Rad-Kato, el estudiante de medicina. Contiene toda la historia. Pone la hora, nos cuenta qué hizo, cita la identificación del hígado y muestra en qué parte de los bancos archivó sus datos.

Wolf cogió la hoja y le echó una ojeada.

—Supongo que ya la has cotejado con Datos Centrales para cerciorarte de que lo archivó tal como dijo.

—Desde luego. Lo hice en cuanto recibí su informe. Aún constaba en el archivo borrador. Te lo leeré de nuevo.

Pulsó el código de acceso y ambos esperaron mientras se realizaba la búsqueda.



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