
John Larsen pareció complacido.
—Eso quería oírte decir. Yo llegué a la misma conclusión. ¿Bien, Bey? ¿Te veo dentro de una hora?
El chaparrón de esa noche había cesado, y las calles volvían a ser un colorido y salvaje caos. Bey salió de su apartamento y se dirigió hacia la acera móvil más veloz, abriéndose paso con experta facilidad entre la muchedumbre. Con una población que superaba los catorce mil millones de habitantes, el apiñamiento era habitual, de noche o de día, aun en las zonas más pudientes de la ciudad. Wolf, absorto en el problema de Larsen, apenas reparó en la multitud que lo rodeaba.
¿Cómo era posible que alguien hubiera eludido el registro de cromosomas? Se realizaba a los tres meses de edad, después de los tests de humanidad, y se había hecho así durante un siglo. ¿Era posible que el donante fuera viejo, un vejestorio moribundo? Eso era ridículo. Aunque el donante lo quisiera, nadie habría usado un hígado de un siglo para un trasplante. Bey contrajo el delgado rostro en una mueca de desconcierto. ¿Acaso el donante no era de la Tierra? No, eso tampoco lo explicaría. Las identidades de los habitantes de la Federación Espacial Unida estaban archivadas por separado, pero constaban en los registros de los bancos centrales de datos. La respuesta del ordenador habría tardado un poco, pero eso habría sido todo.
Empezaba a sentir esa vieja sensación, una mezcla de entusiasmo con temor a la desilusión. Le agradaba su trabajo en la Oficina de Control de Formas, y no conocía ninguno mejor. Pero aunque le había ido muy bien, no era del todo satisfactorio. Siempre estaba esperando el gran desafío, el problema que llevaría su aptitud al límite. Quizá su oportunidad había llegado. A los treinta y cuatro años, tenía que saber qué hacer de su vida. Era ridículo buscar quimeras como un adolescente.
