
En un intento de reprimir su ilógica ansiedad y de prepararse para el problema, Bey tecleó su implante de comunicaciones y sintonizó el noticiario. Aparecieron la nariz picuda y la frente curva de Laszlo Dolmetsch, simuladas directamente en los nervios ópticos de Bey. La gente y las aceras móviles eran imágenes tenues, fantasmales, superpuestas, pues la ley prohibía la exclusión total de los datos sensoriales directos. Las primeras muertes en las aceras móviles habían enseñado esa lección.
Dolmetsch, como de costumbre, exponía los últimos indicadores sociales para hacer sus profecías pesimistas. Si no se reducía la concentración industrial alrededor de los puntos de acceso al Enlace, habría problemas… Bey ya lo había oído antes, y el hábito había quitado fuerza al mensaje. Claro que había inestabilidad en los indicadores sociales, pero así había sido desde que los habían creado. Bey volvió a mirar el perfil de Dolmetsch y se preguntó si el rumor sería cierto. Se comentaba que en vez de usar el cambio de formas para reducir ese gran pico, Dolmetsch lo había aumentado para convertirse en una figura inconfundible en toda la Tierra. Y sin duda era inconfundible. Bey no podía recordar un momento en que Dolmetsch no hubiera sido un célebre profeta del desastre. ¿Qué edad tenía ahora ese hombre? ¿Ochenta, noventa?
Bey decidió cambiar de canal. Tuvo que regresar un instante al mundo real para dejar paso a dos enfermeros de chaqueta roja que iban a máxima velocidad por la acera más veloz. Luego sintonizó los otros canales. No encontró demasiado. Un accidente minero en Horus, tan lejos de la mayor parte de las actividades en el sistema solar que una patrulla de rescate tardaría meses en llegar; el prometedor descubrimiento de filones en el Halo, lo cual significaba una fortuna para un investigador afortunado y más energía gratuita para la FEU, y el perenne rumor de un cambio de forma que daría inmortalidad a quien la adoptara.
