Ese rumor surgía cada dos años, regular como las estaciones. Era un tributo al persistente poder de los deseos ilusorios. Nadie tenía detalles, sólo rumores vagos. Bey escuchó con desdén y se preguntó quién prestaba atención a esas habladurías. Volvió a sintonizar a Dolmetsch. Por lo menos las preocupaciones de ese hombre eran comprensibles y se basaban en datos sólidos. Era indudable que la escasez y la violencia estaban apenas controladas, y que la población seguía creciendo a pesar de todos los esfuerzos. ¿Llegaría alguna vez a quince mil millones? Bey recordaba una época en que catorce mil millones era una cifra intolerable.

Las multitudes que corrían por las aceras móviles no parecían compartir las preocupaciones de Wolf. Todos parecían felices, apuestos, jóvenes y saludables. Para las personas de dos siglos antes habrían sido modelos de perfección. Desde luego, éste era el lado oeste, más cerca del punto de entrada del Enlace, y eso ayudaba. En otras partes abundaban la fealdad y la pobreza. Pero al margen de los altos precios y la cantidad de almacenamiento de datos que se requerían, la CEB —Corporación de Equipos Biológicos— tenía derecho a afirmar que había transformado el mundo, al menos esa parte del mundo que podía darse el lujo de pagar. En el lado oeste la opulencia era la norma, y el uso de los sistemas CEB era una condición sine qua non.

Sólo los coordinadores generales compartían la visión de Laszlo Dolmetsch acerca de los problemas del equilibrio económico del mundo. La Tierra vivía al filo de recursos menguantes. Para mantenerla allí se necesitaban ajustes constantes y sutiles, calculados mediante la aplicación de las teorías de Dolmetsch. Cada semana había correcciones que tenían en cuenta los efectos de la sequía, las malas cosechas, los incendios forestales, las epidemias, los cortes energéticos y los suministros minerales.



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