
Mientras llegaba a destino, Bey Wolf se mantuvo alerta a la presencia de formas ilegales. El maquillaje y la carne plástica podían ocultar muchas cosas, pero en la Oficina de Control de Formas lo habían adiestrado especialmente para ver más allá de la apariencia exterior y detectar la forma de la estructura corporal subyacente.
Era improbable toparse con una forma ilegal en las aceras públicas, pero a veces Bey tenía pesadillas con la forma felina que había visto a poca distancia de allí dos años antes. Eso le había costado dos meses de inactividad en la sala de cambio y recuperación acelerada del hospital del Control de Formas.
Mientras se desplazaba hacia la acera móvil más lenta, reparó de nuevo en la gran cantidad de frentes redondeadas e isabelinas de los viandantes. Había sido una oferta especial del catálogo de primavera, y había tenido un éxito inesperado. Se preguntó cuál sería la atracción del otoño —¿hoyuelos, cicatrices, nariz egipcia?— mientras entraba en Control de Formas y subía al tercer piso, a la oficina de Larsen.
Mientras Bey Wolf subía la escalera, pocos kilómetros al este una solitaria figura de chaqueta blanca tecleaba un código de seguridad y entraba en la sala subterránea de experimentación, cuatro pisos por debajo del nivel de la ciudad. La cara y la figura habrían resultado familiares para cualquier científico. Era Albert Einstein a los cuarenta años, en el ápice de su potencial.
