
El hombre caminó despacio por la larga habitación, inspeccionando los monitores de cada uno de los grandes tanques. Miraba la mayoría de ellos al pasar, asustando un par de controles, pero en el undécimo puesto se detuvo. Examinó los datos, gruñó, meneó la cabeza. Se quedó inmóvil, sumido en sus pensamientos. Al fin continuó su ronda y entró en la zona de control general del otro extremo de la habitación.
Sentado ante la consola, requirió los registros detallados del undécimo puesto y los desplegó en la pantalla. Luego calló de nuevo varios minutos, anudándose un rizo de pelo largo y cano en el índice mientras examinaba tasas de alimentación, sustancias nutritivas y otros indicadores vitales. Los registros de diversos programas lo mantuvieron ocupado largos minutos, pero al final terminó. Emergió de su concentración, despejó la pantalla y sintonizó la modalidad de grabación de voz.
—Dos de noviembre. Deterioro continuo en tanque once. La intensidad de respuesta bajó un dos por ciento más, y hay una constante inestabilidad en los bucles de biorrealimentación. Esta noche se recalibraron los parámetros de cambio.
Hizo una pausa, negándose a dar el paso siguiente. Al fin continuó:
—Pronóstico: pobre. A menos que haya mejoras en los dos próximos días, será necesario abortar el experimento.
Permaneció sentado un instante, visiblemente conmocionado. Al fin se levantó. Avanzando deprisa por la habitación penumbrosa, reactivó los monitores y conectó los medidores de síntomas. Echó un último vistazo, cerró la bóveda y entró en el ascensor que lo llevaría al nivel del suelo. Más que nunca, la cara se parecía a la de Einstein. Sobre la calidez, el intelecto y la humanidad estaban tallados el dolor y el tormento de un hombre que sufría por el mundo entero.
