
Bravo, Kenny, aunque me alegro de que tú y los cretinos de tus compañeros ignoraseis aquel simple hecho cuando éramos niños. Mi carácter extraño te producía asco y te proporcionaba alguien a quien detestar desde una distancia segura pero, si hubieras captado lo que ocultaba, te habrías aprovechado de mi miedo y me habrías torturado con él. Sin embargo, me dejaste en paz y me facilitaste el descubrimiento de mi entorno físico.
De 1955 a 1959, cartografié mi hábitat inmediato y obtuve de la tarea una extraña cosecha de datos: la casa de ladrillo de apartamentos de Beachwood entre Clinton y Melrose tenía un cementerio de animales domésticos en el patio trasero; el tramo recién construido de «escondites para solteros», en Beverly y Norton, estaba edificado con vigas podridas, mezcla de estuco defectuoso y contrachapado. El picadero apócrifo era, en realidad, un patio de bungalow en Raleigh Drive donde un profesor de la Universidad del Sur de California llevaba estudiantes para encuentros homosexuales. Los días de recogida de basura, el señor Eklund, que vivía calle arriba, cambiaba sus botellas de ginebra por las de jerez de la señora Nulty, cuya casa estaba dos puertas más abajo. El motivo de tal trueque se me escapaba, aunque sabía que estaban liados. Los Bergstrom, los Seltenright y los Monroe habían celebrado una fiesta nudista en la piscina de la casa de los Seltenright en julio de 1958 que propició una aventura sentimental entre Laura Seltenright y Bill Bergstrom; Laura puso los ojos en blanco cuando vio por primera vez la enorme salchicha de Bill.
Y el operador de cabina del Clinton Theatre vendía anfetas a los integrantes del equipo de natación del instituto Hollywood High; y el «homo fantasma», que recorrió la vecindad en busca de jovencitos durante una década, era un tal Timothy J.
