Aquí, en mi celda, tengo cuanto necesito para que mi discurso de despedida cobre vida: una excelente máquina de escribir, papel en blanco y documentos policiales que me ha procurado mi agente. En la pared del fondo hay un mapa de Estados Unidos Rand-McNally y, junto a mi camastro, una caja de alfileres con la cabeza de plástico. A medida que este manuscrito vaya desarrollándose, marcaré con los alfileres los lugares donde cometí algún asesinato.

Pero, por encima de todo, dispongo de mi mente, mi silencio. En el marketing del horror existe una dinámica: ofrécelo en una hipérbole recargada que distancie a la vez que horrorice; luego, enciende las luces, literales o figuradas, inspirando gratitud por el fin de una pesadilla que, de entrada, era demasiado horrible para ser cierta. No seguiré esa dinámica. No permitiré que me compadezcáis. Charles Manson, parloteando en su celda, inspira compasión; Ted Bundy, proclamando su inocencia a fin de atraer correspondencia de mujeres solitarias, merece desprecio. Yo merezco temor y respeto por seguir íntegro al final del largo camino que estoy a punto de emprender. Y, habida cuenta de que la fuerza de mi pesadilla prohíbe que se acabe, me lo concederéis.

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Las guías presentan una falsa imagen de Los Ángeles como una amalgama de playas, palmeras y cine, todo ello besado por el sol. El establishment literario intenta en vano traspasar esta fachada y muestra la cuenca de L. A. como un crisol de kitsch desesperado, ilusión violenta y demencia religiosa de todos los pelajes. Las dos descripciones contienen elementos de verdad según la conveniencia de cada cual. Es fácil amar la ciudad a primera vista y aún más fácil odiarla cuando vas descubriendo la gente que vive en ella. Pero, para conocer L. A. a fondo, tienes que proceder de los barrios, de los enclaves de la ciudad interior que las guías no mencionan y que los artistas descartan en su afán por pintarla a trazos gruesos y satíricos.



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