
Al día siguiente, oí gran barullo en la casa, en tanto mi fiel Juan se me acercaba diciéndome:
– ¡Dios santo, señor! ¡Vuestra capa está rabiosa!
Rápidamente me aproximé y descubrí que, en efecto, mi capa estaba rabiosa. En el preciso instante en que yo entraba, ella se lanzó sobre una de mis casacas nuevas, despedazándola sin piedad alguna.
Sobre los perros y caballos del Barón
Fueron mi valor y mi presencia de ánimo los que me permitieron salir airoso en todas estas difíciles situaciones, en las cuales siempre estuvo en peligro mi vida. Esas dos virtudes son las que definen al buen cazador, al buen soldado y al buen marino. Sin embargo, sería muy imprudente el cazador, soldado o marino que confiara sólo en su valor y presencia de ánimo, sin cuidarse de poseer las habilidades e instrumentos que aseguren el éxito de sus acciones. No se me puede reprochar a mí tal defecto, ya que siempre he sido citado como autoridad, tanto por la excelencia de mis perros y caballos como por mi destreza a la hora de valerme de ellos.
No quisiera aburrir a nadie con detalles de mis caballerizas, de mis perreras o de mi armería, como suelen hacerlo los que poseen caballos, perros o armas, pero no puedo menos que mencionar a algunos de mis perros, que quedarán para siempre en mi memoria, por los fieles servicios que me prestaron.
Era el primero de ellos un perdiguero tan inteligente, incansable y precavido, que todo aquel que lo veía me lo envidiaba. Me era tan útil de día como de noche: cuando oscurecía, le sujetaba al rabo una linterna, y por este medio podía hacer caza nocturna tan bien como de día, si no mejor.
A poco de haberme casado, manifestó mi esposa sus deseos de acompañarme en una cacería. Yo cabalgué delante para buscar alguna presa, y a poco vi a mi fiel perdiguero ante una bandada de perdices.
